
Entre la realidad y los sueños,
pintó de esperanza,
el engendro de un hijo,
que jamás vería la luz del alba.
Cuatro meses creciendo,
en el calor de su vientre,
y en el mes de diciembre,
cambiaron su suerte.
Maldita la ciencia,
grita ella reconociendo lo evidente,
pruebas que diagnostican peligro,
en el cuerpo del feto y también en su mente.
Y con toda la pena,
la de ella y su gente,
se entrega a las manos del profesional que la atiende,
pierde a su hijo,
arroja su suerte,
se duerme en la camilla
llorando su muerte.

Se anegaron mis ojos, Amaral, leyendo este poema tan triste.
ResponderEliminarNinguna madre, ningún padre debería ver morir a su hijo y, mucho menos, cuando ni siquiera llega a nacer.
Deseo que la trsiteza que desgarra tu poema, no hayas tenido que sentirla tú, que no sea este poema reflejo de una experiencia propia.
Por cierto, me pregunto que pasó con tus otros poemas, tu blog se quedó casi diáfano, casi vacío.
Espero que pronto vuelva a llenarse de bellos y tiernos poemas. De tus latidos, de tu alma.
Espero que todo te vaya bien.
Abrazos.